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No es analizar la verdad, sino, descubrirla para transformarnos, y juntos, a la sociedad

Luis Ibrahyn Casiano – Trabajador Social Clínico

Para que llegara el periodo del renacimiento tuvo que pasar el oscurantismo. Así como en la historia de la humanidad hablando de forma “global”, también, los períodos del individuo deben cumplirse. Pues la historia la nutrimos nosotros(as)(es) desde las experiencias individuales que se conjugan en el colectivo. Aunque esto está enmarcado en “periodos de la humanidad”, también se debe traducir a la psicología desde el individuo, pero como unidad dual.

Como filósofo, Descartes pensaba que era algo parecido al “sentido común”. Para él, la mente era todo aquello que “piensa”, y que esta actividad se localizaba en el cerebro; y que el cuerpo era una “sustancia extendida” que obedecería a aquello inanimado, el cerebro. En la mentalidad renacentista los siguientes aspectos tomaron forma, como, por ejemplo: la valoración del mundo en busca de una nueva escala de valores para el individuo. O sea, del Ser humano como centro del universo, capaz de dominar el mundo y crear su propio destino. Aunque desde mi apreciación personal y profesional, no defino al ser humano como el centro del universo, sin dudas tiene un potencial significativo para construir y/o destruir; aspecto que le da una ventaja de poder sobre las otras especies. Sin embargo, tristemente muchas veces no vistas como parte integral de la humanidad desde la coexistencia en todos los espacios de la vida, como lo es, lo físico, lo social, lo mental y lo espiritual. Aspectos que en muchas instancias me hace dudar de si verdaderamente el ser humano rebasó la época del oscurantismo. Pues el enfoque más característico en esta época viene de especulaciones sobre la vida, la naturaleza y los atributos del alma como mandato ciego, y no desde el análisis y la discusión para la modificación del pensamiento y de las acciones. Aunque indudablemente hemos avanzado como sociedad, aún existe resistencia en muchos lugares del mundo desde sus políticas opresivas y por consiguiente redundando en el individuo ante el temor a la libertad de pensamiento.

Ante esto, los profesionales de la salud mental y de la conducta humana tenemos un gran reto más allá de nuestro espacio estrictamente profesional, pues debemos ser consecuentes con el llamado al pensamiento libre y a la liberación de las personas desde su comprensión histórica, tanto material como subjetiva. El reto que compartimos hoy como sociedad, es poder enfrentar el dolor desde la conciencia emocionalmente saludable, y a las insatisfacciones desde el análisis. El sistema sociopolítico y cultural actual tiene implicaciones en la vida, y nos crea la sensación de vivir en libertad, en realidad muy poco de eso tenemos; aunque tenemos el potencial para lograr romper las cadenas impuestas por la sociedad y lo que esta espera de nosotros como si hubiéramos sido cortados en un papel con la técnica del origami. Lamento decir, que, en muchas áreas de la vida nos han convertido en seres autómatas con la ilusión de ser libres, pero no es hasta que cada persona desde su Yo se libere y/o comience verdaderamente a decidir por si mismo, y no por las aparentes oportunidades que tomamos como consolación a lo caótico; no podremos tocarnos desde la consciencia y pensar desde el corazón, en equilibrio.

Hoy, se nos hace imprescindible romper con las cadenas del oscurantismo y renacer para la felicidad. La tarea de la filosofía y de la psicología debe ser colaborar para desde la razón, no solo analizar una verdad, sino también descubrirla. No me refiero a la verdad de las cosas que están fuera de nuestro alcance ahora, sino, esa que está dentro de nosotros. Creo que ese sentido común que nos exponía Descartes debe ser fundamentado por el ser humano libre en relación con la valoración de la diversidad que le representa, de sus fortalezas intrínsecas y de los accesos para el descubrimiento y aceptación de las que existen pero que aún no ha experimentado poseer. Únicamente así, desde ese “sentido común”, se refundará con base al respeto y para la organización de una sociedad pacífica de libres pensadores; aportando desde allí a la causa común de vivir en paz.

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