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Gabriela Castro: “Me gusta que el arte tenga sustancia social, que ponga a pensar”

Gabriela Castro Lamberty es una joven repleta de talentos y dones, y aunque su nombre no sea reconocido por el público general su carrera ha estado llena de éxitos profesionales y personales.

Nacida en Mayagüez y criada entre Cabo Rojo, Aguadilla y San Germán, esta cantautora, hija del oeste de Puerto Rico, se encuentra ahora a miles de kilómetros de su hogar, pero nunca pierde el contacto con su tierra.

En 2018 decidió hacer un intercambio al País Vasco mientras estudiaba su bachillerato en Química, con el fin de ampliar sus horizontes y probarse en una experiencia internacional. Nunca hubo retorno.

Desde entonces, su talento artístico pasó de ser disfrutado en barras y tarimas de Puerto Rico y empezó a sonar en espacios culturales de Getxo, localidad cercana a Bilbao donde reside.

Los orígenes musicales
En su familia hubo siempre ambiente musical. Su abuelo era maestro de solfeo y violinista, su padre pianista, y su tío cantante en el Orfeón San Juan Bautista.

Pero el despertar musical no vino de su entorno, sino de sus años en el Liceo Aguadillano. Allí coincidió con Javo Grant -míster Grant-, su profesor de música, quien pronto vio su talento y la reclutó para un proyecto con jóvenes de la escuela: Ideas Sønicas.

Con esta banda, formada por adolescentes de 12 a 16 años, Gabriela empezó a cantar versiones de The Police, Kings of Leon o Gondwana, y llegó a compartir escenario con referentes del rock del oeste como Los Petardos, o figuras de la Nueva Trova como Roy Brown.

Guiados por Javo Grant, maestro de música y uno de los más destacados instrumentistas del oeste, la banda llegó a componer 11 temas propios. Entre esas canciones estaban “Un solo mundo” o “Semilla”, donde ya se plasmaba su interés por temas sociales como el medio ambiente o el pacifismo.

En ese sentido, Gabriela reconoce en su formación musical e intelectual la mano de Grant, quien “en su narrativa nos hacía muy conscientes de lo que teníamos a nuestro alrededor y las cosas que pasaban”, pero también de otros maestros como los de Español o Historia.

“Yo estoy formada por maestros brutales que llevaban canciones a sus clases para reflexionar. Ahí conocí a Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Violeta Parra, etc.”, recordó.

Ideas Sønicas

Madera Ilegal, la voz de una generación
Tras un parón musical su camino prosiguió como solista, empujada por el músico Ángel ‘Wicho’ Rivera, quien le ofreció un ‘guiso’ que fue el pistoletazo para su posterior carrera.

“Empecé en Costa, en Mayagüez, y ahí estuve desde los 16 a los 20, actuando dos veces al mes. Además, me empezaron a contratar en todo Mayagüez, en Boquerón, en Aguadilla, en Joyuda…”, relató a Visión.

En ese tiempo, Gabriela se presentaba sin nombre artístico, muchas veces incluso sin identificarse frente al público. Llegaba, tocaba y no anunciaba su identidad.

“Estaba en búsqueda de mi alter ego. La música me sirve para escapar de mi identidad, no quería ser Gabriela. Wicho me dijo: ‘piensa algo con madera, por la guitarra, el cajón… Madera Fina, quizá’”.

Al poco tiempo descubrió otro grupo de Arecibo con el mismo nombre. Así que cambió lo “Fino” por lo “Ilegal”, Aquello fue una premonición de su futuro inmediato.

Madera Ilegal es un proyecto de canción de autor donde despliega su talento musical y su capacidad compositiva, que va de lo personal a lo social, tocando temas tan sensibles como los transfeminicidios, la libertad, el autodescubrimiento sexual o el Verano del ’19.

“Me gusta que el arte tenga sustancia social y personal, que hable de las cosas que a todos nos pasan y preocupan. Me identifico con la música como herramienta para comunicar. Quiero que llegue a la gente y les ponga a pensar”.

Una inmigrante ilegal en Euskadi
Euskadi es la voz en euskera para nombrar al País Vasco, región al norte de la península Ibérica a donde Gabriela marchó como parte de un intercambio estudiantil, y que pronto se convirtió en su destino definitivo.

Allí, a orillas del mar Cantábrico, desarrolla su vida actualmente. Sin embargo, el proceso fue complicado: de un día a otro se convirtió en una migrante sin papeles.

No es habitual hablar de puertorriqueños con problemas migratorios. El principal flujo de boricuas se dirige a Estados Unidos, donde no hay necesidad de visados ni trámites fronterizos.

Pronto pudo comprender que en Europa su pasaporte estadounidense no le garantizaba nada: era una extranjera irregular solicitando residencia, una migrante marcada por su origen latinoamericano.

“Cuando llegué fue con un visado de estudios que se venció a los 6 meses. Solicité la residencia, porque tenía a mi pareja acá, pero nunca me la quisieron dar”, relató.

Todos los requisitos los cumplía, pero las autoridades migratorias se negaban a aprobar su caso, por lo que no podía salir del país ni moverse con libertad, a riesgo de ser deportada.

“Ahí aprendí que las cosas ofensivas uno tiene que apropiárselas para que no hagan daño. El nombre de Madera Ilegal me empezaba a representar, mi entorno eran personas migradas, y por eso con más poder llevaba mi nombre artístico”, relató.

Durante ese tiempo de incertidumbre, de estancia ilegal en un país extranjero, toda su vida se vio afectada: tuvo que dejar de estudiar, no podía trabajar, y los conciertos que hacía los cobraba bajo la mesa, “de forma casi clandestina”, expresó.

Su proceso concluyó de forma satisfactoria, aunque reconoce que fue “una experiencia muy clasista”. “Vi la injusticia contra los demás, con personas de menos recursos. Por eso, una de mis metas es apadrinar a una persona en el proceso migratorio”, confesó.

En todo ese trance su faceta compositiva y creativa se paró en seco, aunque la música no dejó de acompañarla.

“Jorge Drexler tiene una canción que se llama ‘Movimiento’, que dice: ‘yo no soy de aquí, pero tú tampoco: de ningún lado del todo, de todos lados un poco’. Esa canción me apoyó en mi proceso migratorio”.

Reconocimiento por su contribución en Getxo
El mal trago vivido durante meses hasta lograr la residencia legal no provocó resentimiento ni rechazo hacia su lugar de acogida. Al contrario, se siente muy agradecida y querida.

En 2020, el Aula de Cultura de Getxo le otorgó el Premio Joven Promesa. El Aixegaztea, que es el nombre oficial del galardón, valoró sus aportes culturales y sociales. El premio fue por su faceta musical, pero también por su trabajo voluntario en un centro con personas adultas con discapacidad.

Entrega del galardón a Gabriela Castro (Madera Ilegal) como Joven Promesa de Getxo (País Vasco)

De esa experiencia, que empezó a hacer para mantenerse activa durante su proceso migratorio, nació su otra pasión: la musicoterapia.

“Descubrí esta disciplina donde puedo usar la música para tratar a personas con diversidad funcional”, explicó.

“Tengo una prima con parálisis cerebral. Si hay algo que me inspira es ella y su vida. Me interesa saber cómo le podemos hacer la vida más fácil, y descubrí que lo puedo hacer con la música”, relató.

Ahora espera retomar la composición poco a poco. “Le di pausa a la música. Crear es un proceso muy personal que sale cuando sale”.

En el futuro quiere poder vivir entre Puerto Rico y el País Vasco. “Yo necesito a Puerto Rico. Quiero estar activa musicalmente en ambos lados y vivir de la manera más equilibrada posible entre estos dos lugares que amo”, finalizó.

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