miércoles, octubre 5, 2022
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Libaneses y judíos en la conformación de la identidad puertorriqueña

Salim Farage y Marta Saadeh

El tópico, a fuerza de repetirse, ha calado como verdad en la psicología colectiva del puertorriqueño: somos la mezcla del indio, español y africano.

Sin embargo, contraviniendo la frase manida, hay que decir que no, que Puerto Rico no es la suma de tres grupos étnicos, y nunca lo fue. La identidad puertorriqueña es la suma de muchos más grupos que llegaron -y siguen llegando- al archipiélago desde el siglo XV.

Algunos han ido reclamando su espacio en las últimas décadas, logrando rescatar su historia, sus tradiciones y sus genealogías. Es el caso de los isleños, originarios de Islas Canarias, o de los corsos, naturales de Córcega.

Otros también buscan su reconocimiento a la aportación al rompecabezas identitario, como los libaneses y los judíos, comunidades que, especialmente en el oeste, tuvieron una presencia destacada como atestiguan la “Calle de los árabes” (Mayagüez) o la “Cuesta de los judíos” (Yauco).

La herencia libanesa en Puerto Rico
El arquitecto Enrique Vivoni Farage, de ascendencia corsa y libanesa, se ha dado a la tarea de rescatar sus dos líneas genealógicas ascendentes y contribuir a la microhistoria de la migración en Puerto Rico.

“Lo que nos hace puertorriqueños es mucho más diverso que lo que por lo general se nos ha presentado”, aseveró.

Fruto de su escrutinio en archivos familiares y documentos públicos escribió el “Diccionario biográfico de libaneses en Puerto Rico”, donde incluye a estos migrantes de Oriente Medio que llegaron entre 1882 y 1965.

Según Vivoni el principal contingente libanés llegó a Puerto Rico en las dos primeras décadas del siglo XX, “una migración bastante reciente” en comparación con otros grupos étnicos.

“En ese momento se estaba derrumbando el imperio otomano, y otras potencias se aprovecharon para entrar. El Líbano era un gran productor de seda, y los franceses hicieron muchas fábricas”.

Pero eso se acabó cuando Inglaterra descubrió el proceso para fabricar seda sintética. “Los precios cayeron, y una gran cantidad de hombres se quedó sin trabajo”. Esa crisis económica provocó un éxodo hacia América.

“A Puerto Rico llegaron unos 500. Vinieron en familia. Si bien la literatura dice que fueron los hombres los que salieron primero, en realidad la estadística evidencia que vinieron mujeres y hombres, muchos ya con matrimonios e hijos”, informó Vivoni Farage.

Hubo matrimonios mixtos con puertorriqueñas, “pero muchos buscaban casarse con libanesas”, un comportamiento típico en las primeras generaciones de migrantes.

La mayoría de este contingente migratorio del Líbano profesaba diversas ramas del cristianismo. Algunos eran maronitas y otros, los menos, seguidores de la iglesia ortodoxa helénica.

Según las indagaciones del arquitecto nunca llegaron a construir templos para estas confesiones y se adaptaron al rito católico romano.

Los libaneses en Mayagüez
Estas primeras generaciones de libaneses se asentaron principalmente en San Juan, Ponce y Mayagüez, debido a su vínculo con oficios comerciales, primero como vendedores ambulantes y luego desarrollando talleres textiles y boutiques de moda, entre otros negocios.

Los abuelos de Vivoni Farage se ubicaron en Mayagüez en la década de los 20. Ambos, nacidos en el Líbano, se conocieron en Trinidad, donde se casaron, y desde donde partieron luego a Estados Unidos, regresaron al Líbano y finalmente recalaron en Puerto Rico.

En Puerto Rico montaron una mercería, negocio con el que lograron prosperar y echar raíces en la Sultana del Oeste.

“Mayagüez se destacó por ser una gran ciudad tallerista, de oficios ligados a la costura, y los libaneses se integraron ahí. Mi abuelo administró un taller de costura antes de montar su tienda de telas”, detalló el orgulloso nieto de Salim Abraham Farage, nacido en Ras Maska (1881) y fallecido en Mayagüez (1964).

El matrimonio de Farage y su esposa, Marta Saadeh, vivió en la calle De Diego, donde su nieto los recuerda con su fuerte acento árabe al hablar y su identidad libanesa, la cual moriría con ellos.

“Mis tías y mi mamá ya se criaron como puertorriqueñas, ninguna hablaba otro idioma que no fuera español. La intención de los padres es que sus hijos se incorporaran a la sociedad local, no les enseñaron el árabe”.

Perdido el idioma y los ritos religiosos, a la comunidad libanesa en Puerto Rico la mantiene unida esa identidad de comerciantes -herederos de los fenicios, al fin- y la gastronomía, símbolo de la vida familiar.

“Lo más que nos une es la comida. Todo el mundo sabe del baklava o el tabbule. La cena es donde la familia se reunía”, recordó este boricua-libanés de tercera generación.

Como curiosidad, en el cementerio antiguo de Mayagüez hay alguna tumba en árabe como la de Pedro Azize, llegado a finales del XIX a Puerto Rico.

Apellidos de origen libanés destacados en nuestra región y habituales en pueblos como Mayagüez, Cabo Rojo o San Germán son Fas, Bechara, Dahdá o Mamery, entre otros.

Los judíos en Puerto Rico
Al igual que los libaneses, desde la cuenca mediterránea llegaron a Puerto Rico judíos que hicieron de Puerto Rico su casa.

Desde el mismo momento de la colonización de Borinquen en el siglo XV arribaron a la isla judíos sefardíes -de Sefarad, la península ibérica en lengua hebrea- conversos, expulsados de Europa.

En siglos posteriores, los pogromos y conflictos étnicos forzaron la llegada de nuevos judíos, no solo del mediterráneo como los sefarditas, sino incluso judíos de origen alemán o danés.

Salomón Bravo Namías y Sarah Pardo Abendana fueron dos de esos judíos que llegaron a Puerto Rico a mediados del siglo XIX. Originarios de Altona (Dinamarca) y con raíces sefarditas, el matrimonio llegó a la isla en 1851, estimulados por la Real Cédula de Gracia promovida por el gobierno español para poblar la isla.

A pesar de la persecución de siglos anteriores, en ese momento el matrimonio logró entrar a Puerto Rico sin necesidad de ser unos anusim, judíos obligados a renunciar a su fe. Así hicieron su vida en Mayagüez, ciudad en la que se asentaron.

El judío mayagüezano
De estudiar la vida de esta comunidad y sus miembros, especialmente la del mayagüezano Luis Bravo Pardo, hijo del citado matrimonio, se ha encargado uno de sus descendientes, Héctor Bravo Vick, autor del libro “El judío mayagüezano: vida y obra de Luis Bravo Pardo”.

Bravo Pardo fue uno de los más destacados miembros de la comunidad judía en la Sultana del Oeste. Su verdadero nombre era Isaac Ludwig Jacohob Bravo, uno de profundas raíces hebreas.

Según Bravo Vick, Salomón y Sarah “en ningún momento taparon su identidad judía sefardita, y nunca se convirtieron a otra religión que no fuera la judía. Fueron la primera familia que entró como judía sefardita, y no como criptojudíos. Antes habían entrado otros Bravo, pero conversos”.

Aunque los padres mantuvieron la fe y cultura sefardita, su hijo Luis Bravo se convirtió al cristianismo para contraer matrimonio con la mayagüezana María de los Santos González Izquierdo.

El caso de Bravo Pardo fue el seguido por muchos otros judíos llegados a la isla, como forma de adaptación.

“Ni mi padre ni sus hermanos hablaban de este tema. Un primo de mi padre, Gastón Guillemard Bravo le decía: “Héctor, somos judíos”, y mi padre decía “no me hables de eso”. Y mis tías se preguntaban el porqué su padre (hijo de Luis Bravo) no les hablaba de ese pasado», dijo Bravo Vick.

«Yo llego siempre a la conclusión de que quizá sentían que podían ser discriminados”, relató el heredero de esta saga sefardí de la que al menos quedan 30 descendientes, algunos todavía radicados en Mayagüez.

En ese sentido, el descendiente del notable comerciante y empresario relató una anécdota que le contó Teresa Guillemard Bravo, y que evidencia el problema identitario de esta comunidad.

“Cuando llevaron a su hija adoptiva a bautizar con el nombre de Dalila -abuela de Teresa Guillemard-, el sacerdote dijo que ese nombre era prohibido en el cristianismo, y dicen que Luis Bravo Pardo insultó al sacerdote y se fue furioso”.

Además de Dalila otros nombres hebreos que hubo en la familia fueron Jacobo, Sara o Isaac, una forma de mantener el legado a pesar del cambio de fe.

Bravo Vick compartió que “aunque Bravo Pardo se convirtió, tengo una foto del interior de su casa donde aparece un candelabro judío”, evidencia de que en el hogar familiar de la calle Méndez Vigo la llama de la Menorá seguía viva.

¿Existe algún legado de la diáspora hebrea en el pueblo boricua actual? Uno de los manjares preferidos en el desayuno puede que tengan su origen a través de esta presencia judía: la mallorca.

El afamado pan dulce tiene raíces en la isla de mismo nombre, Mallorca, en el archipiélago de Baleares. Allí, judíos sefarditas crearon ese bollo, que en la isla mediterránea llaman “ensaimada”, desde donde quizá llegó a Puerto Rico.

“En casa de la familia Bravo se comía en las actividades, probablemente lo heredaron de la comunidad judía”, reflexionó Bravo Vick.

Las personas interesadas podrán ver el próximo 28 de abril, a través del Facebook Live del Instituto de Cultura Puertorriqueña, la conferencia «El judío mayagüezano, vida y obra de Luis Bravo Pardo», con Héctor Bravo y Milagros Bravo.

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