martes, noviembre 30, 2021
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Profesora de la UPR-M destaca el valor social de las plantas y las áreas verdes

Profesora Lissette González

Lizzette González creció en una familia de amantes de la naturaleza. Su abuelo estuvo vinculado al campo, y su papá, agrónomo de profesión, dedicó su vida a enseñar agricultura en el Departamento de Educación. Además, en su casa estaba rodeada de plantaciones de guineos, café y flores ornamentales, un ambiente de conexión con la naturaleza que marcó su destino. En ese contexto, no era raro que su futuro estuviera ligado al mundo agrícola y rural. González se graduó en Ciencias Agrícolas, en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez. Allí rápidamente se decantó por la especialidad de horticultura, logrando un bachillerato en dicha disciplina.


Aunque en su mente rondaba la posibilidad de abrir un vivero, prefirió continuar estudios, por lo que se graduó con una maestría en enfermedades de plantas en Purdue University (Indiana), y más tarde de un doctorado en Rutgers University (New Jersey).
Tras volver a Puerto Rico, en 1994 González pudo ingresar como docente en el Colegio, puesto que ha ocupado hasta la actualidad.

La importancia de las plantas ornamentales más allá de la belleza

La horticultura es una disciplina que se encarga de trabajar con las plantas ornamentales, árboles frutales y hortalizas. Esta ciencia tiene una dimensión alimenticia, pero no es la única preocupación de los expertos en este campo. La profesora González reflexionó para Visión sobre el valor social de las plantas y árboles, especialmente en los entornos urbanos. “Las plantas ornamentales se usan principalmente como un elemento de embellecimiento del entorno. Es su función principal desde el punto de vista humano. Las plantas provocan una admiración, un deleite, hay una interacción entre la planta y la persona que genera satisfacción”, explicó.


Por eso, los entornos urbanos que disponen de zonas verdes y arboladas “crean un efecto psicológico y hasta físico de salud y bienestar, una sensación que nos hace sentirnos parte y conectados con nuestro entorno”, expresó la doctora. González reflexionó sobre el hecho de que aunque vivamos desde hace siglos en contextos urbanos, en la evolución humana el periodo en que hemos estado desvinculados del entorno natural no ha permitido que las personas pierdan esa necesidad de envolverse en zonas verdes.


“Todavía nuestro cerebro está conectado con ese ambiente natural, y cuando nos alejamos no nos sentimos bien, comenzamos a tener sensación de no pertenecer, queremos alejarnos de esos ambientes que no tienen la naturaleza integrada y que ha sido desplazada. Eso crea unos desbalances psicológicos que tienen un efecto físico, nos sentimos tristes y con desánimo”, indicó.
Por eso, la disciplina a la que se dedica tiene gran importancia para planificar entornos urbanos y habitacionales que integren en el desarrollo las plantas y flores.


La directora asociada del Departamento de Ciencias Agroambientales aseguró que en las ciudades que descuidan este aspecto “está documentado que aumenta la violencia”, además de que se eliminan los beneficios ecológicos y ambientales de árboles y plantas, como la purificación del aire. Un ejemplo claro es Puerto Rico, donde el desarrollo desmedido, la tendencia a la suburbanización y el abandono de cascos urbanos ha generado entornos hostiles, poco amigables para el peatón y con ausencia de áreas ajardinadas.
“En Puerto Rico desafortunadamente no se le ha dado valor a cuidar los espacios naturales. Vemos el desarrollo desde otro punto de vista, no para el bienestar humano ni para el de otros organismos que son parte de este espacio y contribuyen a la salud del ambiente”, dijo.


“Se ha luchado mucho por un Plan de Desarrollo de Terrenos, pero no se acaba de aprobar por esa tensión entre ese modelo de desarrollo urbano y el que considera el desarrollo económico pero también el social y el ambiental”.
En el caso de Mayagüez, González no tiene duda de que falta mucho para alcanzar un estado óptimo en la relación ciudad-naturaleza.


“Mira lo que hicieron en la plaza de Colón, que era un lugar bien activo. Ahora la gente se fue, porque no hay sombra. Esas personas sustentaban el comercio, pero si se van se cae. Cuando embellecemos las ciudades con elementos vivos y no vivos la gente regresa, regresan a las cafeterías, a las tiendas, etc”. Para revertir la situación propone algunas medidas que podrían devolver a la ciudad calidad de vida y aumentar el dosel arbóreo para reducir la temperatura, filtrar el aire, etc.


“Tenemos que identificar los espacios que han sido abandonados, en Mayagüez hay muchos. Esos espacios los podemos transformar en parques o zonas de recreación pasiva. Necesitamos árboles para que las personas puedan ir a caminar. Tenemos que desarrollar áreas verdes con columpios, para que los niños vuelvan a la ciudad”. Contrario a esta visión, denunció que “en Mayagüez cuando hay un espacio baldío lo asfaltan y lo convierten en aparcamiento. Mayagüez carece de espacios verdes”.


Por otra parte, destacó el buen trabajo realizado en el Litoral. “Tuvieron una visión de desarrollar la costa con espacios con vegetación y de recreación, y ahí se puede ver la cantidad de personas que lo usan. Pero necesitamos mucho más”.

El valor económico de las plantas ornamentales

Además de la importancia para la salud emocional y para lograr ciudades más habitables, las plantas ornamentales tienen mucho potencial a nivel económico. Puerto Rico tiene una industria fuerte de plantas ornamentales, especialmente desde las décadas de los 60 y 70, según González.


“En esa época había más exportación que importación de plantas. Luego el Departamento de Agricultura federal puso unas restricciones más severas, pero siguió siendo una industria fuerte”, manifestó “En esa época el desarrollo urbano se multiplicó: centros comerciales, urbanizaciones, etc., y aunque parezca contradictorio eso creó una demanda de productos ornamentales. Se desarrolló la industria de producción de grama y de plantas florecedoras para embellecimiento panorámico”.


Actualmente Puerto Rico exporta plantas como las trinitarias -o buganvilla-, a mercados como las Islas Vírgenes, debido a la carencia de tierras fértiles en el archipiélago vecino. Por su parte, el mercado de EE.UU demanda flores como heliconias, tulios, aves del paraíso (Strelitzia), etc. “Son plantas que se desarrollan de forma silvestre en Puerto Rico, pero en EE.UU. es algo muy exótico y valioso”, indicó.

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